La mañana del domingo posterior al sábado 3 de enero de 2026
amaneció distinta en Los Curos en la parroquia civil Osuna Rodríguez del
municipio Libertador del estado Mérida, Venezuela.
No fue un amanecer común en la Gente de Los Curos, sino la
avalancha de mensajes, audios y publicaciones que circularon desde muy temprano
por las redes sociales.
Las noticias, muchas de ellas confusas y cargadas de
dramatismo, hablaban de sucesos ocurridos en diversas ciudades del país, con
especial énfasis en Caracas. En ese contexto, las comunidades de Los Curos
comenzaron el día envueltas en una mezcla de angustia, nerviosismo e
incertidumbre, sentimientos que se reflejaban en los rostros y en las
conversaciones espontáneas entre vecinos.
El impacto emocional fue inmediato. Para muchas familias, la
primera reacción fue intentar comprender qué estaba ocurriendo realmente y cómo
podría afectar su cotidianidad. La información llegaba fragmentada, repetida y,
en ocasiones, contradictoria.
Esa sensación de no tener certezas generó preocupación,
especialmente en quienes recordaban experiencias pasadas de crisis y desabastecimiento.
Sin embargo, a diferencia de otros momentos de tensión nacional, en Los Curos
la respuesta inicial no fue el caos, sino una movilización silenciosa y
organizada en torno a las necesidades básicas.
Desde tempranas horas de la mañana, las bodegas y pequeños
negocios del sector abrieron sus puertas. Los comerciantes, conscientes del
clima de inquietud, decidieron atender a la comunidad para garantizar el acceso
a productos de primera necesidad. Harina, arroz, azúcar, aceite y algunos
enlatados fueron los más buscados.
La dinámica de compra estuvo marcada por la prudencia: cada
persona adquiría lo que podía según sus posibilidades económicas, sin que se
registraran escenas de disturbios, saqueos o enfrentamientos. Las llamadas
“compras nerviosas” existieron, pero se mantuvieron dentro de un marco de
respeto y convivencia.
La situación económica, sin embargo, añadió un peso
adicional a la jornada. Para algunos habitantes, conseguir recursos fue un reto
inmediato. Hubo quienes recurrieron a préstamos entre familiares o vecinos, y
otros intentaron comprar o vender dólares estadounidenses a precios muy
elevados, reflejo de la incertidumbre y de la especulación que suele acompañar
estos momentos. Aun así, estas transacciones se dieron de manera individual y
dispersa, sin alterar el orden comunitario ni generar conflictos visibles en
los espacios públicos.
Un hecho significativo de ese fin de semana fue el cierre
del Mercado Municipal Don Clemente Lamus. Según el testimonio de una
propietaria de un local, la decisión de no abrir se tomó por razones de
seguridad. Este cierre obligó a muchas personas a depender exclusivamente de
los pequeños comercios del sector, reforzando el papel de las bodegas como
puntos clave de abastecimiento y encuentro social. La ausencia del mercado
municipal se sintió, pero no derivó en descontrol, sino en una reorganización
espontánea del consumo local.
Las colas frente a los negocios se convirtieron en algo más
que simples filas para comprar alimentos. Allí, en esos espacios cotidianos, la
gente encontró un lugar para drenar emociones. La espera sirvió para compartir
miedos, expresar opiniones y repetir, una y otra vez, las noticias que
circulaban por las redes sociales. Se hablaba de lo que había pasado en otras
ciudades, se comparaban versiones y se intentaba separar los rumores de los
hechos. En medio de la tensión, también hubo gestos de solidaridad: personas
que cedían el turno sobre todo, a las personas mayores; que avisaban cuando
llegaba algún producto o que simplemente escuchaban al otro con atención.
Uno de los elementos que más llamó la atención durante ese
fin de semana fue la ausencia total de manifestaciones. No se registraron
protestas ni concentraciones de ningún grupo, ni del oficialismo ni de la
oposición. Las calles de Los Curos permanecieron tranquilas, sin presencia de
consignas, pancartas o enfrentamientos. Este hecho, lejos de pasar
desapercibido, fue interpretado por muchos como una señal del cansancio
colectivo frente a la confrontación política y como una apuesta silenciosa por
preservar la calma y la seguridad en las comunidades.
La experiencia vivida en Los Curos después del 3 de enero de
2026 dejó al descubierto varias realidades. Por un lado, evidenció la
fragilidad emocional que generan las noticias difundidas sin filtros ni
verificaciones claras, especialmente en contextos de alta sensibilidad social.
Por otro, mostró la capacidad de las comunidades para autorregularse, priorizar
el abastecimiento responsable y mantener la convivencia aun en medio de la
incertidumbre.
Lejos de minimizar la angustia vivida, esta crónica busca
mostrar cómo, en un escenario complejo, Los Curos respondió desde lo cotidiano:
abriendo negocios, haciendo colas, conversando y cuidando el espacio común.
No hubo negación del miedo, pero tampoco se permitió que
este se transformara en violencia. En ese equilibrio frágil entre preocupación
y serenidad, las comunidades de Los Curos reafirmaron valores profundamente
arraigados: el respeto mutuo, la solidaridad y la convicción de que, incluso en
los momentos más inciertos, la vida colectiva puede sostenerse desde la paz
cotidiana.
Así, el fin de semana posterior a los sucesos del 3 de enero
no quedará solo como un recuerdo de tensión, sino como una muestra de cómo una
comunidad popular enfrentó la incertidumbre sin perder su humanidad. Los Curos,
una vez más, habló a través de sus gestos sencillos y de su capacidad para
resistir emocionalmente sin renunciar a la convivencia. CIBERPAZ/conIA/WTU

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