La despedida del padre
claretiano José Yerli en Los Curos fue más que un acto comunitario: fue
un momento lleno de emoción, gratitud y celebración de una historia de servicio
profundo que marcó a toda la parroquia civil Osuna Rodríguez “Los Curos” del
municipio Libertador en la ciudad de Mérida, del estado Mérida, Venezuela.
El evento, vivido con solemnidad y alegría, dejó en
evidencia la conexión sincera y cercana
que el padre Yerli estableció con la Gente de Los Curos durante los siete años
que caminó a su lado.
La jornada comenzó con una eucaristía solemne en la que la comunidad se congregó para
agradecer y recordar. En esa celebración, el padre Yerli, conocido
cariñosamente como el “padre amigo”, se convirtió en el protagonista no
solo de los gestos litúrgicos, sino del cariño expresado en cada mirada y
palabra. A lo largo de siete años, su presencia en Los Curos dejó huellas que
van más allá de los muros de la parroquia Corazón de María: fueron gestos,
encuentros, risas compartidas y consuelos en los momentos difíciles.
En su discurso de despedida, el padre Yerli agradeció a
todos por su apoyo incondicional. Con la sencillez de quien ha vivido en comunidad,
expresó que su vocación misionera lo llevará a nuevos lugares —porque su labor
como claretiano es una misión que se despliega en distintos contextos— pero que
siempre llevará en su corazón a la Gente
de Los Curos.
Para comprender mejor el significado de la labor del padre
Yerli, es importante recordar que él forma parte de la Congregación de los Misioneros, Hijos del Inmaculado Corazón de María,
conocidos como los padres claretianos.
Esta Congregación fue fundada en el siglo XIX por San Antonio María Claret, un sacerdote
que dedicó su vida a la predicación, la formación cristiana y el servicio a los
más pobres, especialmente en tiempos de grandes necesidades sociales y
espirituales.
La espiritualidad claretiana se caracteriza por una misión
activa: escuchar a las personas, acompañarlas en sus luchas, enseñar con el
corazón y dar testimonio del amor de Dios en cada obra concreta. Como enseñó
Claret, la misión no se reduce a los templos sino que se despliega en la vida
misma de las comunidades.
Ser misionero claretiano implica, por tanto, una entrega
constante: estar donde se necesita la
palabra de consuelo, el acompañamiento fraterno, la esperanza renovada.
Esta forma de vivir la fe se traduce en acciones que transforman las relaciones
humanas y fortalecen el tejido social y espiritual de cada comunidad a la que
se sirve.
La despedida en Los Curos continuó con mensajes de distintos grupos de la Iglesia
Corazón de María, quienes compartieron palabras de afecto, buenos deseos
y gratitud hacia el padre Yerli posterior a la celebración eucarística.
Estos mensajes —entre lágrimas y sonrisas— reflejaron lo que
muchos sintieron durante su estancia: un siervo de Dios cercano, atento, y comprometido con el crecimiento
espiritual de cada persona.
Las canciones, los cantos y los momentos de confraternidad
que siguieron a la celebración eucarística llenaron la tarde de música y
alegría. Se compartieron canapés,
abrazos y vivencias que hablaron de gratitud por el trabajo pastoral,
pero también de esperanza: esperanza de que los aprendizajes, las experiencias
y los vínculos creados se conviertan en semillas de paz y fortaleza para el
futuro.
Este encuentro comunitario no fue simplemente una despedida,
sino una celebración de vida, de fe y
de impacto. Cada gesto y palabra expresada por la Gente de Los Curos
resonó como testimonio de la forma en que un pastor, desde su vocación, puede
sembrar alegría y acompañar procesos de crecimiento humano y espiritual.
Walter Trejo Urquiola, integrante de la Pastoral Justicia,
Paz e Integridad con la Creación (JPIC) resaltó: “El padre Yerli no solo fue un
sacerdote que cumplió con sus deberes litúrgicos. Fue un misionero que sembró fe, esperanza y amor.
Caminaba por Los Curos saludando siempre con su “hermanazo”. Dejó enseñanzas
profundas en cada gesto: la importancia del acompañamiento personal, la escucha
atenta, la presencia constante en los momentos de dificultad y el gozo
compartido en las celebraciones”.
Su vocación claretiana —inspirada en una tradición misionera
que busca transformar las realidades desde la vivencia del Evangelio— encontró
en Los Curos un lugar para hacer carne
su ministerio, acercándose a las personas con humildad y con un corazón
abierto.
Así, la despedida del padre Yerli se convierte en un capítulo de gratitud y de esperanza,
un momento para recordar que la fe no solo se profesa con palabras, sino con
miradas, con manos tendidas, con acompañamiento y con el compromiso de
construir juntos historias de paz y de amor en los lugares donde vivimos y
servimos.
El padre Yerli es de esos padres claretianos que siempre se
recuerdan con amor y con un infinito agradecimiento por haber sido parte de la
Gente de Los Curos que construye el Reino de Dios. CIBERPAZ/wtu/conIA

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